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El cuerpo humano, para Lina María Gómez, es una gran pregunta de ingeniería, desde las formas y materiales que nos componen hasta la manera en que queremos vivir. Su legado investigativo es exaltado hoy por la Facultad de Minas que, ad portas de su jubilación, agradece las perspectivas que expandió en sus estudiantes y compañeros. 

 

 

Nació en Medellín y vivió mucho tiempo en el barrio Prado. Desde muy niña supo que casi todo podía repararse. Su padre, empleado de un banco, pero hábil para la plomería y los arreglos de la casa, le enseñó a mirar el mundo con curiosidad y a no temerle a las manos. Décadas después, esa mirada la llevó a preguntarse por el complejo sistema del cuerpo humano.

 

Las matemáticas llegaron temprano a su vida. Le fascinaba esa posibilidad de encontrar relaciones y de comprender cómo funcionaban las cosas. Cuando llegó el momento de escoger una carrera, la Ingeniería Mecánica apareció como un territorio natural. Su llegada a la Facultad de Minas de la Universidad Nacional no fue fácil, pero fue uno de los pasos más importantes de su vida.

 

“Al llegar encontré el machismo académico y como en casa mis padres me habían criado bajo una idea de libertad, fue un contraste muy duro; sin embargo, la Universidad también fue, pese a las dificultades, mi lugar de descubrimiento. Me encantó el ambiente universitario, la posibilidad de pensar, preguntar y construir una vida propia”, narró Lina.

 

En 1996 se graduó como Ingeniera Mecánica con el mejor promedio de su promoción. Después viajó a Bogotá para realizar una maestría en Materiales y Procesos en la Universidad Nacional de Colombia. En el camino hubo pausas: trabajó en el área de soldaduras de Integral; regresó a Medellín antes de terminar la maestría y pasó por la Universidad Pontificia Bolivariana.

 

En el año 2000 inició su función como docente en Ingeniería Mecánica y posteriormente continuó su carrera académica en el Departamento de Procesos y Energía. Terminó su maestría mientras consolidaba una vida dedicada a la docencia y la investigación. Desde entonces, ha basado su labor docente en formar, ante todo, a buenos seres humanos.

 

“La ingeniería debe diseñar tecnologías, espacios, rutinas y sistemas que tengan en cuenta los límites humanos. Preguntarse, por ejemplo, qué ocurre con el cuerpo y la mente cuando una persona pasa demasiadas horas conectada a las redes sociales. O cómo construir comunidades y entornos que favorezcan realmente el bienestar”, opinó la docente.

 

Su recorrido académico no ha sido lineal: Durante el doctorado en Ingeniería de Sistemas de Control que cursó en el Instituto de Automática de la Universidad Nacional de San Juan, tuvo que enfrentar, a la par, grandes retos: la muerte de sus padres y el nacimiento de sus hijos. Todo esto le ha dado la fuerza de pensar en el bienestar desde el rigor de la ciencia.

 

Su historia académica ha estado vinculada con los aprendizajes que le han dejado sus estudiantes. En el grupo de investigación Kalman encontró además un espacio para desarrollar preguntas y acompañar a jóvenes investigadores. Recuerda especialmente a sus compañeros Héctor Botero y Hernán Álvarez, a quienes describe como unos “caballeros”, y a los estudiantes que han pasado por el grupo y que también han ampliado su propia mirada.

 

Uno de ellos fue Sebastián Rudas, el primer estudiante doctoral que surgió de ese trabajo y quien actualmente es profesor de Arquitectura en la Universidad Nacional. También recuerda a Esteban López, de quien aprendió sobre la diversidad de género, a Santiago Benavides y a Carolina, quien actualmente investiga sobre sanación del útero desde su experiencia académica en la Universidad de Virginia en Estados Unidos.

 

“No sabemos cómo funciona el cuerpo de la mujer, es una pregunta que no solo implica la ingeniería, sino a todas las áreas del conocimiento. He podido ver que la ingeniería es una disciplina hermosa, pero no debería vivir aislada de las humanidades”, aseveró.

 

Entre otros, acompañó las investigaciones sobre el endometrio de Daniel Arbeláez y María Paula Giraldo, ellos hoy son egresados que cursan sus posgrados en universidades del mundo. Hay algo que le llama particularmente la atención de ellos: leen literatura, escuchan música, tienen intereses que van más allá de la ingeniería.

 

Lina también ha participado en procesos relacionados con la equidad de género y la armonización curricular. En 2010 fue directora de Bienestar de la Facultad de Minas. Desde este y otros encargos ha defendido la necesidad de revisar las estructuras académicas desde una perspectiva amplia, capaz de reconocer la diversidad y las diferentes formas de habitar el mundo universitario.

 

Una de las expresiones más singulares de su trayectoria es la Cátedra Ingeniería del Cuerpo Humano; espacio en el que la ingeniería deja de mirar solo máquinas, materiales, estructuras o procesos para preguntarse por este territorio que normalmente ha sido entregado a la medicina.

 

Su formación ha oscilado entre el estudio de los materiales y los procesos y los sistemas de control y, cada vez con mayor fuerza, hacia las preguntas sobre lo vivo. Por ello y por los saberes heredados de su doctorado en Ingeniería de Sistemas de Control, que estudió en el Instituto de Automática de la Universidad Nacional de San Juan, en Argentina; piensa que la ingeniería debe romper paradigmas.

 

“No somos un saber técnico, debemos pensarnos como ciencias para la vida. Mis exploraciones de bioingeniería me han iluminado para observar el bienestar como el fundamento de lo que hacemos”, concedió.

 

Hoy, después de su largo paso por la Facultad de Minas, también está pensando en el siguiente capítulo. Se irá a Argentina y contempla continuar sus talleres y asesorías académicas, además de escribir y observar con calma en qué otros espacios pueden aportar sus conocimientos.

 

La niña que acompañaba a su padre mientras arreglaba la casa aprendió que detrás de cada problema hay algo para comprender. La estudiante que desafió el machismo naturalizado se convirtió en la profesora que, al acompañar a sus estudiantes, entendió que enseñar es cuidar. La ingeniera que durante años estudió control de procesos terminó mirando la complejidad de los cuerpos, sus singularidades, transformaciones y necesidad de cuidado.

 

Con gratitud le decimos hasta pronto, la Facultad de Minas será siempre su casa.

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