Escudo de la República de Colombia

Ante el reciente sismo en Colombia surge una preocupación que trasciende las normas de construcción: ¿cómo deberían ser las viviendas del futuro?. Además de la planeación de estructuras capaces de resistir los movimientos de la tierra, la elección de materiales y terrenos y los costos de estos son los pilares de la conversación. 

 

 

Los recientes movimientos sísmicos registrados en Colombia han vuelto a poner sobre la mesa una pregunta inevitable: ¿qué tan preparadas están nuestras viviendas para resistir los movimientos de la tierra? Pero quizá la pregunta de fondo deba ser todavía más amplia. La conversación sobre las viviendas del futuro trasciende la sismoresistencia y se interna en preguntas sobre la asequibilidad, la inteligencia, la adaptabilidad y el dinamismo y, por qué no, en su capacidad de acompañar los cambios de quienes las habitan. El paradigma de la armonía inmobiliaria a futuro se relacionará con la convergencia de la arquitectura, ingeniería, tecnología y economía para que las casas sean seguras sin convertirse en privilegios.

 

Cada vez que la tierra tiembla, la conversación sobre vivienda suele comenzar por la seguridad estructural. Y es lógico: una casa debe ser, antes que nada, un refugio. Sin embargo, los recientes sismos también ofrecen una oportunidad para ampliar la mirada. Pensar en las viviendas del futuro implica preguntarse no solamente cómo hacerlas más resistentes, sino cómo conseguir que esa resistencia sea económicamente posible para las familias, cómo incorporar materiales más eficientes, cómo reducir los tiempos de construcción y cómo hacer que la tecnología deje de ser un lujo para convertirse en una herramienta cotidiana de bienestar.

 

En ese escenario aparece uno de los primeros mitos que deben derribarse: que construir una vivienda sismorresistente necesariamente significa gastar grandes cantidades de dinero. Para el geólogo Albeiro Rendón Rivera, la seguridad estructural no debería estar determinada por la capacidad económica de una familia: “Debemos interiorizar que la prevención vale la pena. Es mejor invertir un poquito en prevención que no perder todo tu patrimonio en segundos con un sismo, porque no tuviste en cuenta unos elementos muy básicos. La posibilidad de aplicar estos principios existe para cualquier estrato. Un maestro de obra puede acceder fácilmente a la Cartilla del SENA que orienta sobre cómo hacer una estructura sismoresistente sencilla y asequible”.

 

Por ello, se deberán identificar materiales que generen un equilibrio entre resistencia, disponibilidad, costo y facilidad de construcción. La vivienda del futuro deberá ser capaz de responder a las condiciones del territorio sin desbordar el presupuesto de quienes la habitan. Esto supone pensar en soluciones constructivas sencillas, materiales de producción local, sistemas que reduzcan desperdicios y diseños que permitan optimizar cada recurso.

 

"Se han estudiado fibras naturales, materiales reciclados, residuos industriales y nuevos compuestos con el objetivo de mejorar la sostenibilidad de la construcción. Sin embargo, actualmente no existe un material alternativo que pueda sustituir completamente al concreto, al acero o a la mampostería en los elementos estructurales principales. Más que reemplazar los materiales tradicionales, la tendencia actual consiste en optimizar su uso, reducir el consumo de recursos, disminuir la huella ambiental y desarrollar sistemas industrializados, como los elementos prefabricados, que permiten reducir tiempos de construcción, minimizar desperdicios y mejorar el control de calidad", precisó John Jairo Blandón Valencia, ingeniero civil y profesor de nuestra Facultad.  

 

La economía, además, puede estar acompañada de una nueva palabra para pensar la vivienda: portabilidad. Si durante siglos la arquitectura estuvo asociada a la permanencia, las transformaciones sociales, ambientales y tecnológicas abren la posibilidad de imaginar viviendas capaces de adaptarse a nuevas circunstancias. Casas modulares, sistemas desmontables o estructuras que puedan ampliarse, reducirse o incluso trasladarse podrían formar parte de un futuro en el que habitar no significará estar para siempre en un mismo lugar. Todo esto implicará revisiones de asuntos legales asociados a los terrenos que se puedan habitar.

 

 

El interior de las casas cada día más está relacionado con la domótica y las dinámicas de la inteligencia artificial —encendido automático de luces, regulación de la temperatura— y lo que hoy puede parecer una sofisticación podría convertirse, en algunos años, en herramientas cotidianas para hacer viviendas personalizadas. 

 

"Ya tenemos robots cuyas manos están perfeccionándose, en unos cinco años los veremos de manera masiva. Estos podrán construir casas y edificios manera más rápida y económica”, aseveró John Ballesteros Parra, profesor del Departamento de Ciencias de la Computación y la Decisión. Toda esa inteligencia podrá orientarse a administrar los recursos de manera más eficiente: administrar el consumo de agua y energía, anticipar necesidades, regular iluminación y ventilación o detectar condiciones que puedan representar un riesgo. Sin embargo, para que esta transformación sea verdaderamente democrática, la tecnología tendrá que abandonar la lógica del lujo. Una vivienda inteligente no puede ser una categoría reservada para quienes tienen mayor poder adquisitivo. 

 

También habrá que volver la mirada hacia los materiales: la ingeniería no apuntará a materiales más sofisticados, sino a aquellos capaces de responder a las necesidades humanas y ambientales.  Y hay otra pregunta fundamental: ¿para quién se está diseñando la vivienda del futuro? Si la respuesta continúa siendo únicamente para quienes pueden pagarla, cualquier innovación será insuficiente. Y más en un mundo en el que la movilidad cada vez es mayor. La portabilidad se unirá entonces a las necesidades de seguridad y comodidad que hoy rigen la discusión sobre la vivienda digna

 

El bienestar debería ser el norte de esta conversación. La vivienda del futuro tendrá que cuidar el bolsillo, resistir los embates de la naturaleza, aprovechar la tecnología y adaptarse a los cambios, pero, sobre todo, cuidar a quienes la habitan.

 

Todo esto alumbra la posibilidad de que las búsquedas ingenieriles y arquitectónicas a futuro cambien de paradigmas; no se trataría solo de casas extraordinarias sino de casas extraordinarias al alcance de todos.

 

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