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Entre octubre y diciembre de 2026, el fenómeno de El Niño podría superar en intensidad los eventos registrados desde 1950. Según datos de la Agencia Nacional del Océano y la Atmósfera de Estados Unidos —NOAA— los efectos irían más allá de las sequías, incluyendo afectaciones en la disponibilidad de agua para consumo, aumento de las temperaturas y mayor riesgo de incendios. ¿Qué podemos hacer?

 

 

El calentamiento del océano Pacífico ecuatorial es extraordinario. En julio de 2026, en zonas cercanas a países como Ecuador, Colombia, Perú, Panamá y Costa Rica, las anomalías de la temperatura subsuperficial llegaron hasta 10 grados Celsius por encima de lo normal.

 

“El océano subsuperficial está muy cargado de calor; además, la termoclina —frontera natural que separa el agua superficial de la profunda — está más honda de lo normal. Esto importa porque el calor almacenado bajo la superficie del mar constituye un “depósito de energía” que puede alimentar el calentamiento superficial durante los próximos meses”, explicó Germán Poveda Jaramillo, investigador y experto en climatología y cambio climático.

 

Todo esto se traduce en una insólita intensificación del calentamiento. Actualmente se observan anomalías de vientos y aumento de lluvias sobre el Pacífico centro-oriental, lo cual indica que la atmósfera está respondiendo al calentamiento oceánico y, a su vez, está reforzándolo.

 

“En Colombia, la relación se entiende a través de una serie de fenómenos físicos encadenados o retroalimentaciones: El Niño suele reducir la precipitación, lo que disminuye el almacenamiento de agua en el suelo y de la vegetación, una menor infiltración de agua en el suelo, menores caudales en los ríos, temperaturas más altas, material vegetal combustible más seco, e incendios más fáciles de iniciar y de propagarse. Además, los incendios eliminan vegetación y dejan superficies más expuestas y secas. Esto puede contribuir a una mayor vulnerabilidad frente a nuevos incendios”, destacó Poveda Jaramillo.

 

El impacto puede ser, incluso, más duradero que el mismo evento oceánico-atmosférico. La disminución en las lluvias para Colombia podría impactar la disponibilidad de agua para consumo humano y animal. “La disminución de la nubosidad y la lluvia crean condiciones para la ocurrencia de heladas en las tierras altas de Colombia, con impactos graves sobre la producción agrícola y ganadera. Asimismo, el bajón en los caudales de ríos pone en riesgo la generación de energía hidroeléctrica y puede generar presiones sobre las tarifas de energía y aumentar el riesgo de racionamiento. Además, el aumento en la temperatura puede acelerar la pérdida de masa de los glaciares”, aseveró el científico.  

 

Con todo esto, existe un riesgo de aumento de los incendios, con posibles afectaciones sobre los ecosistemas y la calidad del aire. El aumento de las temperaturas también puede favorecer condiciones asociadas con una mayor incidencia de enfermedades como malaria, dengue, zika, chikungunya y leishmaniasis, transmitidas por mosquitos y otros vectores.

 

 

 

De otro lado, la sequía y las olas de calor intensifican el estrés hídrico de la vegetación, favorecen la mortalidad de individuos o especies vulnerables, pueden provocar la pérdida temporal o permanente de hábitat en humedales y aumentan la disponibilidad de vegetación seca como combustible.

 

Por todo esto, es muy importante la anticipación: no hay que esperar a que se den incendios o a que los embalses queden en niveles críticos; deben cuantificarse las condiciones ambientales: cuantificar los balances de agua usando datos de precipitación, evapotranspiración, humedad del suelo, nivel de los acuíferos y caudales de los ríos, los niveles de los embalses y del almacenamiento de agua en el suelo, entre otros. 

 

Para Poveda Jaramillo, es urgente que los investigadores dejen de ver el agua, la agricultura y las ciudades como asuntos separados, ya que un evento extremo del fenómeno de El Niño podría derivar en un efecto dominó que afecte la circulación atmosférica, la humedad del suelo, la cobertura vegetal, la generación de energía y las ciudades: “la investigación debería seguir esa cadena y, sobre todo, estudiar sus retroalimentaciones y umbrales. Eso requiere redes de observación mucho mejores: estaciones meteorológicas e hidrológicas, humedad del suelo, evapotranspiración, vegetación, caudales, almacenamiento de embalses, incendios y calidad del agua, combinadas con satélites y reanálisis climáticos”.

 

Este modelo también obliga a pensar en modelos de formación más interconectados, en los que estudiantes puedan aplicar el conocimiento en tiempo real: “las crisis deben convertirse en oportunidades, aprovechando que sabemos con meses de anticipación que aumentará el riesgo. Un reto es poder predecir mejor la ocurrencia de El Niño y proyectar cómo podemos convertir esa predicción en decisiones que eviten que El Niño siga causando las crisis sociales, económicas y ambientales que se repiten cada tres o cuatro años; en un ciclo hidro-ilógico que nos sigue golpeando cada vez que se presenta El Niño”.

 

Ante este panorama, los líderes y organizaciones, así como la ciudadanía en general, debemos actuar antes de que llegue el punto crítico, activando medidas concretas y coordinando alertas con autoridades ambientales, agricultores y operadores de energía. El país cuenta con una estrategia nacional para El Niño 2026-2027 que busca reducir los riesgos sobre agua, alimentos, incendios y energía.

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