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Por más de 46 años, Darío Gallego Suárez enseñó sobre el tratamiento de aguas y materiales. Su trayectoria académica ha estado marcada por la termodinámica y, en aulas y laboratorios de la Unal, instaló para ella un territorio de aprendizaje. Llegó a la Facultad de Minas en 1980, y aunque pensó que se quedaría poco, abrió un largo camino para que muchas generaciones de ingenieros entendieran cómo tratar el agua de manera sostenible. Adportas de su jubilación, le decimos gracias y le rendimos homenaje.

 

 

Nacido en Bello, Antioquia, creció en un entorno muy orientado a la formación técnica. Sin embargo, durante sus años de bachillerato en el Liceo Fernando Vélez encontró un grupo de jóvenes con los que hablaba sobre la vida universitaria y sobre la posibilidad de convertirse en profesionales. Fue así como terminó estudiando Ingeniería Química en la Universidad de Antioquia.

 

Después, la vida lo llevó a la docencia en la Universidad Nacional de Colombia Sede Medellín, un lugar en el que pensó que se quedaría poco y que terminó por ser ideal: “Encontré que me permitía apoyar la preparación de profesionales”, recuerda. Como profesor del actual Departamento de Procesos y Energía, dedicó sus labores docentes e investigativas al manejo de la energía y, movido por una preocupación que con los años se volvió propósito, llevó ese conocimiento hacia el recurso hídrico. Su empeño fue enseñar a los estudiantes de Ingeniería Química a mirar el agua residual de una manera distinta.

 

Así se fueron encontrando dos mundos que terminarían definiendo su trabajo: la energía y el ambiente; la termodinámica y el tratamiento del agua. “No pensé estar tantos años dando cátedra, pero fui mirando el gran valor que tenía lo que hacía y lo que me retribuía; encontrar satisfacción en lo que hacía. Mi familia ha sido fundamental en este proceso profesional: desde el inicio, con el apoyo de mi esposa y, hasta el final del camino, con el respaldo de ella y de mis hijos. Ellos crecieron muy cerca a mi proceso y se contagiaron de mi pasión. El hijo mayor lleva más de 10 años como profesor universitario en Estados Unidos y la hija menor se está preparando con la misma meta”, comenta con orgullo Gallego Suárez.

 

Mantener activo durante los últimos 30 años el Laboratorio de Ingeniería Sanitaria fue su misión, aunque insiste en que nunca fue un trabajo solitario. Por allí pasaron diferentes técnicos que sostuvieron la operación diaria, el montaje de los ensayos y el cuidado de los equipos; estudiantes que después llegaron a las empresas, y profesionales y empresarios que regresaron a buscar respuestas a problemas que habían aprendido a enfrentar en esas mismas instalaciones. A ellos se sumaron docentes del departamento y de otras dependencias de la Universidad, con quienes emprendió proyectos que ninguna de las partes habría sacado adelante por separado. "Nada de esto se hace solo, cada resultado del laboratorio lleva el trabajo de los técnicos que estuvieron ahí todos los días, y de algunos estudiantes que no sólo asistieron a clase, sino que incluso aportaron a las soluciones; también de colegas que en momentos se sumaron con su conocimiento", afirma.

 

Los desafíos han sido su fuente de aprendizaje. “Un día nos buscaron para tratar el agua de un jagüey en La Guajira, cuya turbidez alcanzaba niveles casi imposibles de corregir. La muestra llegó a través de una empresa que buscaba una solución para la comunidad. Partimos de una turbidez de 1400; y la bajamos a menos de uno; el agua quedó completamente cristalina, le separamos los sólidos suspendidos”, relata. “De ésta, todavía quedan  por removerle elementos disueltos; el trabajo se encuentra en su etapa final; el resultado representa para Gallego Suárez algo más que un logro técnico”. Es también la demostración de lo que puede ocurrir cuando la universidad y el sector industrial se encuentran alrededor de una necesidad social. Tres empresas, estaban interesadas en el proceso; en una de ellas habían egresados que como estudiantes habían sido alumnos de algunos de los cursos, terminaron vinculadas al proceso, junto con estudiantes que actualmente cursan el programa de Ingeniería Química pero que ya también conocen los temas de tratamiento de aguas; obviamente en el equipo de trabajo se encontraba el personal técnico del laboratorio.

 

Como legado, impulsé nuevas asignaturas que buscan formar ingenieros capaces de comprender el agua desde distintas perspectivas. “El último curso que propuse se llama Energía para el Tratamiento Sostenible del Agua. Es una materia optativa que queda para que la sigan desarrollando en el departamento”, destaca. A esta se suman cursos relacionados con la medición e interpretación de parámetros del agua y con el tratamiento biológico de aguas. En todos, aparece la misma idea: “las aguas residuales, más que una oportunidad para recuperar desechos, deben ser el espejo que permita mejorar los procesos que las originan”.

 

La ingeniería, desde su perspectiva, debe aprender a cerrar esos ciclos. Es una mirada que lleva la sostenibilidad más allá del discurso y la convierte en una forma de diseñar procesos. Ahora que llega su jubilación, Gallego Suárez no quiere cerrar una historia, sino darle otra forma. Su próximo proyecto será un libro que irá más allá de los manuales técnicos: después de tantos años entre ecuaciones, laboratorios, aguas residuales y estudiantes, su interés está puesto en las comunidades que necesitan el agua.

 

El día de su retiro, la familia lo sorprendió con el libro Cómo funciona el mundo, de Vaclav Smil, un regalo que recibió con alegría. Entre sus páginas encontró un capítulo que lo fascinó, “Comprender la energía”, y con esa lectura sintió que culminaba esta etapa tal como la había recorrido, pensando en la energía. Más que un cierre, el obsequio le abrió una nueva ilusión, la de conversar sobre estos temas con su familia y, sobre todo, con sus nietos, que apenas están creciendo. Sueña con despertar en ellos, desde pequeños, la fascinación por preguntar y la curiosidad por investigar y entender las ideas y los procesos de cómo funciona el mundo.

 

Hoy la Facultad de Minas agradece y ensalza su invaluable y generoso aporte al conocimiento académico e investigativo, y le recuerda que esta siempre será su casa.

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