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Durante su charla en la Facultad de Minas, el investigador y egresado Juan Sebastián Jaramillo Ríos explicó cómo algunos tipos de rocas volcánicas son relevantes debido a  la presencia de minerales estratégicos necesarios para la transición energética, como el litio, el cobre y el estaño.

 sebastian Natalia Piedrahita Tamayo

 

Las baterías de los vehículos eléctricos, los teléfonos celulares, los computadores y gran parte de las tecnologías asociadas a las energías renovables dependen de minerales que hoy se demandan a escala global. Comprender su origen es necesario para conocer su presencia en el territorio  colombiano. 

 

En la charla ofrecida por Juan S. Jaramillo Ríos, docente de la Pontificia Universidad Católica del Perú, egresado de Ingeniería Geológica, de la Maestría en Recursos Minerales y del Doctorado en Ingeniería - Ciencia y Tecnología de los Materiales de la Facultad de Minas de la Universidad Nacional de Colombia, además de exintegrante del Grupo de investigación EGEO, se mostró como un conjunto de rocas, enriquecidas en aluminio —peraluminosas— han sido de importancia en países como Bolivia, Argentina y Perú, dadas sus altas concentraciones de estaño, litio y otros elementos.

 

Las rocas con las características mencionadas anteriormente  no son tan comunes y pueden estar relacionadas con depósitos minerales necesarios para el cambio de la matriz energética mundial, explicó el investigador. Según detalló, en Colombia hay algunas rocas que pueden presentar características químicas similares a las de los Andes centrales. Por ello, el estudio de éstas resulta especialmente interesante desde el punto de vista geológico, económico y social.

 

La relación con la transición energética es directa. “Perú, Bolivia y Argentina tienen esas rocas asociadas a depósitos de litio y estaño, los cuales hoy en día son necesarios para fabricar las baterías de absolutamente todo: los carros eléctricos, los celulares, los computadores”, señaló.

 

Las rocas volcánicas se forman cuando el magma, que proviene del interior de la Tierra, asciende hasta la superficie terrestre. En regiones como los Andes centrales, este recorrido puede superar los 60 kilómetros. Durante ese ascenso, el magma interactúa con las rocas que atraviesa, conocidas por los geólogos como basamento, facilitando el enriquecimiento en ciertos elementos químicos.

 

“Dado que los basamentos pueden ser diferentes en Colombia con respecto a Perú, Bolivia o Argentina, el magma en ascenso puede atraer diferentes elementos químicos disponibles — como litio, estaño o incluso cobre—, lo que  puede cambiar la química y en qué se puede enriquecer ese fundido que atraviesa la corteza”, explicó Jaramillo Ríos.

 

El litio es un elemento esencial en las baterías recargables que alimentan buena parte de la tecnología moderna. El estaño, por su parte, tiene aplicaciones en baterías y en los recubrimientos utilizados en los paneles solares. Y el cobre es el elemento fundamental para la electrificación. “En el mundo se ha demostrado que, ni reciclando todo el cobre disponible en el planeta, podemos construir la cantidad de generadores y sistemas de transmisión eléctrica necesarios para la transición energética; por lo tanto, la exploración y explotación de estos recursos minerales, bajo estándares ambientales rigurosos, es necesaria para el cambio de la matriz energética ”, enfatizó y advirtió que Colombia conoce muy poco de su potencial geológico. 

 

roca sebastian

 

Roca investigada por Sebastián Jaramillo tomada del campo volcánico Morococala, meseta del departamento de Oruro, Bolivia.

 

Aunque el Servicio Geológico Colombiano ha elaborado algunos mapas de anomalías químicas que muestran zonas con concentraciones elevadas de litio, aún no se conoce con certeza el origen geológico de este elemento ni las fases minerales que lo contienen. Para el investigador, esta situación refleja la necesidad de fortalecer la investigación geológica nacional, para lo cual se requiere una política pública orientada al conocimiento de los recursos minerales estratégicos.

 

La vida académica de Juan Sebastián Jaramillo Ríos ha estado dedicada al análisis de diversos sistemas volcánicos colombianos. En su trabajo doctoral investigó rocas peraluminosas en el sur del país, particularmente en las regiones de San Agustín, Isnos y Popayán, asociadas a las formaciones Huacacallo y Popayán. Recientemente, participó en una investigación publicada en el Journal of South American Earth Sciences sobre la relación entre las rocas volcánicas, los depósitos de litio presentes en los salares andinos y la mineralización de estaño en el complejo volcánico Morococala, en Bolivia.

 

Un pasado volcánico que aún deja huellas en Antioquia

 

Entre sus investigaciones de maestría y con el grupo de investigación en Geología y Geofísica de la Facultad de Minas —EGEO—, Jaramillo Ríos aportó a la reconstrucción de la historia geológica del suroeste antioqueño, concretamente a la formación conocida como Combia, en la que confluyen estructuras geológicas como Cerro Tusa, Cerro Bravo y los Farallones de La Pintada, que guardan los vestigios de procesos volcánicos remotos en la historia humana, pero recientes en la vasta memoria geológica. 

 

Hace entre ocho y cinco millones de años, esta región estuvo dominada por volcanes explosivos asociados a la subducción de placas tectónicas, proceso que configuró parte de la actividad sísmica y volcánica de Colombia. “Mucha parte de estos magmas, con condiciones para formar depósitos de cobre, se quedó en profundidad. Sin embargo, la historia geológica va mucho más allá de la formación de una roca; cuando están en superficie, estas se transforman por acción del agua, del viento u otros agentes naturales y pueden generar paisajes maravillosos, como vemos en el suroeste antioqueño”, detalló el geólogo. 

 

Posteriormente, la roca empieza a destruirse química y físicamente —meteorización— y luego se van removiendo sus capas por la erosión. Estos materiales terminan en cuencas sedimentarias, donde eventualmente pueden originar nuevas rocas, en un ciclo geológico que se ha repetido durante los 4.600 millones de años de historia de la Tierra. Comprender ese ciclo puede ayudar a reconstruir el pasado geológico del planeta y a identificar los recursos que serán imprescindibles ante los desafíos energéticos globales. 

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