Cerrar la brecha entre la generación de conocimiento y su aplicación en la industria y la sociedad es la apuesta del Centro de Desarrollo e Innovación —CDI—. A través del fortalecimiento de la transferencia tecnológica, busca que los activos de conocimiento generados en proyectos de investigación y extensión se conviertan en soluciones concretas frente a los retos que hoy enfrenta el país.

¿Cómo incrementar la transferencia de conocimiento al sector productivo? Esta pregunta orienta el trabajo de la ingeniera química Juliana Rivera Mejía, quien lidera desde el CDI una iniciativa para mapear, estructurar y conectar los activos de conocimiento desarrollados en la Facultad de Minas con problemas y oportunidades reales del sector productivo y social. La iniciativa se articula con el sistema de gestión de proyectos, en su componente de evaluación e impacto, fortaleciendo la trazabilidad y el valor generado por la Universidad. “El conocimiento que se genera en la universidad tiene también el potencial de ser transferido vía productos, servicios, procesos o consultorías.
La transferencia no se limita a patentes o desarrollos altamente sofisticados, abarca también metodologías, tecnologías, asesorías especializadas y soluciones adaptadas a necesidades concretas”, puntualizó Rivera Mejía.
La estrategia que coordina comienza con un diagnóstico estratégico: el equipo revisa proyectos de investigación y de extensión finalizados con el fin de identificar resultados que puedan tener potencial de transferencia. Se entiende cuáles son los activos de conocimiento, esas tecnologías o esos conocimientos que se pueden aplicar en el sector productivo.

Ella es Juliana Rivera Mejía, quien lidera desde el CD+i esta iniciativa de transferencia tecnológica.
“Empezamos con un reconocimiento de lo que existe, observamos qué resultados de investigación tienen los profes que consideren que pueden tener ese potencial de ser aplicados. Los ejemplos son diversos: desarrollos en hidrógeno con posibles aplicaciones en el sector energético, nuevos catalizadores, materiales innovadores, procesos industriales optimizados, software, técnicas de medición con aplicación directa en diferentes sectores productivos y sociales”, explicó.
Se trata de ver qué tecnologías desarrolladas en la Facultad resuelven un problema relevante y qué beneficios tienen con respecto a otras formas tradicionales de solución. Para ello, se emplean herramientas como la evaluación tecnológica, la vigilancia tecnológica y la inteligencia competitiva, fundamentales para determinar el nivel de madurez y viabilidad en el mercado.
“Tenemos un alto nivel de generación de conocimiento en la Facultad de Minas, normalmente con impactos, beneficios y diferenciales importantes con respecto a lo que existe, pero históricamente una parte importante de ese conocimiento no sale del ámbito académico. Hay muchas tecnologías, por ejemplo, de monitoreo para la agricultura, que mejoran variables de crecimiento o disminuyen plagas, pero quedan en investigación, no se transfieren a la sociedad porque permanecen en ese limbo”, expuso Rivera Mejía.
Superar ese “limbo” implica completar la ruta: reconocer el potencial, evaluar la madurez tecnológica y conectar con los aliados adecuados. La estrategia contempla la identificación de actores clave —empresas, aliados estratégicos y fuentes de financiación— que puedan facilitar la integración del conocimiento en el sistema productivo. En este proceso, el trabajo no se desarrolla de manera aislada. El trabajo que estamos haciendo se articula con la Oficina de Transferencia de Resultados de Investigación —OTRI— de la Sede Medellín UNAL
Entre los mecanismos de transferencia tecnológica, el licenciamiento es uno de los más usuales: “Es darle un permiso a un tercero para que use ese conocimiento que yo generé, pero a cambio me paga un beneficio y reconoce mi autoría y mi esfuerzo creativo e investigativo. La consultoría es también un canal para que el conocimiento se traduzca en servicios especializados dirigidos a la industria y al sector social”, indicó.
Los resultados de investigación no solo tienen un impacto económico, sino social y ambiental: Tecnologías relacionadas con energías limpias, reducción de huella de carbono, nuevos combustibles o materiales sostenibles son ejemplos de desarrollos que pueden contribuir a enfrentar desafíos globales y mejorar la calidad de vida.
En esta etapa inicial, la comunicación resulta fundamental. Rivera Mejía invita a los investigadores a compartir sus resultados y capacidades. La meta es que el conocimiento de alto nivel no permanezca únicamente en publicaciones académicas, sino que se convierta en soluciones tangibles que mejoren la calidad de vida y aporten al desarrollo del país. El profesor Iván Sarmiento, director del CDi, ha impulsado esta estrategia y ha solicitado a Juliana Rivera poner todo su conocimiento en emprendimiento y transferencia para llevar a la facultad a un nuevo nivel en la proyección a la sociedad. En próximas entregas les iremos contando los avances de esta iniciativa.
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